“Mis muy amadas hijas… Por Dios, hijas de mi alma cuídense Vds mucho y no pasen mal rato por nada, mucha caridad la una con la otra…”
Con esta sencilla frase, Cándida María de Jesús comienza su carta, siendo una de las primeras que dirigía a sus nuevas hermanas, hace ya cerca de siglo y medio.
Cuando leo estas palabras veo que son muy actuales, no han cambiado de significado. Me resuenan dentro y se repiten en mi memoria una y otra vez. Me invitan a imaginar aquel momento de vida, un escenario difícil donde la confidencialidad era obligada y donde las necesidades no eran pocas. Un futuro incierto, con niebla en el camino, pero confiada en los pasos que iba dando…“sola nada, pero con Dios todo lo puedo”
No puedo evitar pensar en el tiempo; en esos 150 años. Creo que el tiempo es importante e inevitable para el ser humano, aunque casi siempre sea más de lo necesario. Y es que la vida se llena de momentos de celebración y recordatorio, los segundos me regalan instantes efímeros pero inolvidables y las grandes fechas me hacen entender la importancia de las cosas. Miro y admiro cómo se han ido produciendo los cambios, atrás en el pasado y cómo este Carisma ha llegado hasta aquí y hasta mí.
Al recordar mi propia historia siento que, del mismo modo que el oleaje desgasta el cristal y lo vuelve romo, o el viento moldea las rocas y el agua esculpe los valles, el amor me transforma. Creo que es un susurro que, poco a poco, se cuela en mi interior por los pequeños espacios que deja lo cotidiano del día a día.
Comprendo que soy fruto del cariño, el amor y la atención, de todas aquellas personas que son y han sido mi familia más cercana. Aquellos quienes me cuidaron y me regalaron la vida. Estoy seguro que así lo sintió Juana Josefa cuando era niña, en su relación con sus hermanas y el cariño que tenía hacia sus padres, confiada, cuidada y querida.
Pero es que he ido entendiendo que mi familia no se limita a mis padres y hermanos y cómo ese romper la barrera de la genética y abrirme paso, al regalo diverso de la vida, me ha ido transformando. Voy encontrando manifestaciones de amor que ayudan a tener una mirada diferente, más rica, más abierta y más completa.
Así llego a entender cómo Cándida María sintió el AMOR verdadero del Padre y cómo pudo transmitirlo a aquellas primeras hermanas con las que quería comenzar su sueño, sabiendo que “la obra no es vuestra, es de Dios.”
El amor es la magnitud verdadera y última de vida. Ella también lo supo cuando pronunciaba las palabras “yo solo para Dios”, entendiendo que Él es la máxima expresión de AMOR que abarca todo y sintiéndose Hija a los ojos del Mundo, Hermana comprometida en vida e, incluso, Madre si la ocasión lo requería.
Por eso, cuando un amigo me llama amigo y, más tarde, hermano, sin serlo, es cuando voy entiendo alguno de los misterios de mi vida: la hermandad y la fraternidad. Me recuerda a aquellas palabras al pie de la cruz: “Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.”
Han pasado algunos años desde que las Hijas de Jesús fueron un regalo en mi camino y es ahora cuando tengo la capacidad de asombrarme ante él y comenzar a entenderlo. En este tiempo, me voy haciendo consciente de que el cuidado desinteresado de tantos años, el amor que he recibido sin buscarlo, la atención sincera, la presencia discreta, la exigencia cariñosa, la invitación a escuchar al Espíritu para entender qué me dice ante el necesitado… han ido erosionando y puliendo la aspereza de mis defectos y embellecido los rotos de mis limitaciones.
Porque ha sido precisamente desde lo pequeño donde me he sentido amado y aceptado como soy, igual que una madre o un padre cuando demuestran su amor incondicional por los hijos.
Sentirme parte de esta gran Familia Carismática, hace que “mis muy amadas hijas…” sea una expresión más inclusiva, porque nos está invitando a construir JUNTOS la Misión que Jesús tiene para el mundo. Cada uno desde su realidad y vocación, pero dando pasos en comunión desde el mismo carisma.
Este construir juntos es compartir la vida, buscando el bien de quien más lo necesite. Es permanecer sensibles al sufrimiento y atentos al grito acuciante. Es cuidarnos en la dificultad y el dolor y acompañarnos felizmente en el camino que tenemos por delante. Desde lo pequeño y cotidiano, desde lo normal de la vida, continuamos haciendo familia.
Este 150 aniversario es un momento de agradecer, para poder continuar. Todo esto no es futuro, es ahora mismo, es presente y es regalo. Por eso, hoy estoy convencido de que el Carisma de Cándida María de Jesús sigue vivo entre nosotros y nos invita a “seguir abiertos y en búsqueda del horizonte y de los pasos que el Espíritu nos impulse a dar como Familia Carismática.”
Continuemos en búsqueda, con el oído fino y el corazón blando, para saber escuchar y acoger las palabras que nos unan.
Continuemos en búsqueda, con sonrisa sincera y el calor de un abrazo, para sentirnos hermanas y hermanos.
Continuemos en búsqueda, con los ojos abiertos y la mano tendida, para poder descubrir los gestos de amor que nos llenen de vida.
Continuemos en búsqueda.

Germán López Parra
Laico – Profesor del Colegio Virgen de la Paz – Almería.
